medialuz

Se deslizan suavemente desde los nudillos y la punta de la lengua, a las manos rápidas y manchadas con los restos de una composición que tarde demasiado en escribir. Las palabras me atacan como los pájaros de Hitchcock. He sucumbido a las delicias de lo visual, cayendo en el agujero de Alicia. Miro el escritorio, los elementos abandonados a la luz, me enfoco en ellos como tomas de Wes Anderson. Falta color, me digo, mientras abro las ventanas, y me doy cuenta mis ojos y mi alma prefieren la noche para despertar. Aun así, ordeno todo como quien quiere ordenar su cabeza. Leo y escribo. De a segundos recupero esa sensación perdida. Está  volviendo, me digo. Y vuelvo a ponerme el perfume de amapolas.

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